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Manuscritos Musicales de
Nuestra Independencia
Trascripción Textual Diario La Nación Domingo 27 de Noviembre de 1966
Los
Comienzos de la Música Argentina
Por Roberto García Morillo
Diario La Nación Buenos Aires 1966
Como se sabe este año se celebra el sesquicentenario de la Independencia
de nuestro país, lo que evidentemente puede constituir en el aspecto
cultural un punto de partida, una referencia como para poder volver la
vista a.C. atrás y establecer una especie de balance de la labor
cumplida en ese lapso por nuestros artistas e intelectuales, y la
trayectoria desarrollada en siglo y medio de existencia, con todas las
alternativas y vicisitudes que ha atravesado la Nación. Nos parece
oportuno por lo tanto echar ahora una ojeada a las primeras etapas de
nuestra música, de comienzos bastante modestos, tal vez, pero que
constituyen el basamento sobre el que lentamente se fue levantando luego
el edificio de la música argentina. En el instante en que estalla la
Revolución de Mayo, la actividad musical en el país era ya bastante
movida y variada, consecuencia evidentemente de las iniciativas llevadas
a efecto durante la época colonial, aunque manteniéndose desde luego en
un plano muy simple sin mayores pretensiones ni preocupaciones de índole
trascendental. La música era ante todo una actividad secundaria de mera
distracción y pasatiempo. Este movimiento intuía sin embargo diversos
factores constitutivos, en primer termino el aporte folklórico, pues
paulatinamente se iba gestando entre nosotros un cancionero popular
independizándose en parte (como una especie de anticiclón de la libertad
política) del correspondiente a la Madre Patria, en base a dos
corrientes principales, la europea (española y francesa) principalmente
a través de Río de la Plata que luego se expandía por el interior, y la
indígena proveniente del Norte.
El desarrollo y fusión de ambas corrientes va gestando y dando origen al
elemento folklórico criollo. Así comienzan a precisarse algunos tipos de
danza y canción, como el Cielito, la Madia Caña y el Pericón en la zona
pampeana, y en el Norte la Zamacueca, el Triste la Vidala y la Baguala.
Algunos de esos aspectos eran difundidos y desarrollados por los
payadores, especie de trovadores nativos, que erraban un poco al azar
entonando sus famosas payadas y contrapuntos, el mas conocido de los
cuales fuera el puntano Santos Vega, fallecido en los primeros tiempos
de la Independencia.
Al mismo tiempo florecían en los salones de las familias tradicionales,
sobre todo entre los porteños, las piezas vocales e instrumentales de
circunstancias que naturalmente, eran consecuencia de las normas
imperantes en la organización social del momento, en los primeros
tiempos de la época romántica y derivado también en parte de las formas
europeas difundidas hacia ese momento, es la etapa en que se vulgariza
el Minué, la Gavota y luego el Vals, y con acento mas criollo el Cuando
y la Condición.
Estas piezas de salón, graciosas e ingenuas son fundamentalmente
producto de aficionados, algunos de ellos bien dotados, a veces poetas y
compositores al mismo tiempo, es un repertorio de tono amable entre
sentimental y lírico sin mayor profundizan ni exigencia de valor
artístico.
En los albores de la revolución, tenemos entonces esos dos factores, el
popular y campesino y el ciudadano que descansa ante todo en la pagina
de salón. Pero luego se les une desarrollándose rápidamente fruto de las
circunstancias , un tercer elemento, el Patriótico que inmediatamente
adquieren acento épico y exaltado, al conmemorar los aspectos salientes
y los episodios de las luchas por la Independencia, abundante en
incidentes dignos d ser cantados y ensalzados, ya se había tenido pocos
años antes un anticipo, una primera culminación, un pretexto para
desarrollar ese nuevo aspecto: Las Invasiones Inglesas, en las que
criollos y españoles lucharon duramente hombro con hombro y afirmaron su
derecho ante ellos mismos de prender imponer sus ideales respectivos.
La gesta patriótica, los largos años de lucha en los diversos teatros,
con sus zozobras y momentos de triunfo, en multitud de hechos dignos de
ser celebrados, en los que menudean los actos de valentía y arrojo de
los soldados, bisoños en un principio y luego veteranos, provocaban una
resonancia y un eco de fervor nacionalista y un entusiasmo particular
en el animo de los incipientes creadores, poetas y músicos que
procuraban encontrar un comentario oportuno a la magnitud de esas
hazañas. Ello se manifiesta en el tono encendido de los poemas y el
ritmo marcial y algo grandilocuente de los acompañamientos musicales a
cargo de autores improvisados que con dificultad pueden llevar el titulo
de “compositores”, y que procuraban suplir con entusiasmo y fuego su
falta de técnica y de experiencia.
Cuentan entre ellos personalidades tan dignas de aprecio y estimación
–por lo que han significado para nosotros- como los músicos
Blas Parera,
Bartolomé Hidalgo, Crisóstomo Lafinur, Pablo Rosquellas
y en seguida
Amancio Alcorta, Juan Pedro Esnaola y nada menos que
Juan Bautista
Alberdi así como los escritores y poetas
Vicente López y Planes, Fray
Cayetano Rodríguez, Rojas, Esteban de Luca y Juan Cruz Varela.
Algunos d ellos pueden figurar indistintamente, como decimos, en ambas
especialidades.
La Primera canción de tipo revolucionario fue la Marcha Patriótica de
1810, “compuesta por un ciudadano de Buenos Aires, para cantar con la
música que otro ciudadano esta arreglando”, parece que ambos ciudadanos
no eran mas que el mismo individuo, el propio De Luca, que por modestia
o por otras causas prefirió ocultar su nombre. Por su acento vibrante,
despertó enseguida el fervor y entusiasmo de los criollos. Parecidas
cualidades ostentan otras creaciones análogas, como nuestro Himno
Nacional –encarado por supuesto desde el punto de vista estrictamente
sonoro- y la “Azulada Bandera del Plata” -1818- que ofrecen atrayentes
virtudes teniendo en cuenta desde luego el genero y la época en que
nacieron.
En algunas de estas paginas se combinaban el elemento marcial con el
folklórico, como ocurre con los llamados cielitos Heroicos, por ejemplo
La Venida de la Expedición, de Hidalgo, donde se evoca la acción de
Maipú, los textos de estos cielitos, consecuencia de las circunstancias
del momento, en el deseo de menospreciar y zaherir al enemigo son a
veces irreproducibles. Evidentemente el nivel poético de estas paginas
ofrecía bastantes altibajos, y al lado de los fragmentos de innegable
interés existían tiradas huecas y altisonantes, cursilerías que no
tienen explicación dadas las condiciones en que fueron escritas.
No todas las creaciones eran de acento guerrero o patriótico, como es
natural, y olvidándose de las luchas casi continuas, los autores
encaraban temas mas generales y corrientes , como la cancioncita “El
Plus-Café” de Manuel de Araucho
o la Tirana, El Que Sin Amores Vive, de
Florencio Varela y Rosquellas, cuyo texto es bastante poco galante, por
cierto hacia el bello sexo.
Al
mismo tiempo iban afirmándose otros ensayos relacionados con el arte de
los sonidos, como los comentarios musicales para las obras habladas.
Entre ellas figuras “El 25 de Mayo” (1912) , el melodrama o melologo “El
Hijo del Sud” (1816) , “La Batalla de Pazco” por el General San Martin
(1820), y Tupac-Amaru (1821) pertenecientes al autor Luis Ambrosio
Morante cuyas partituras por desgracia se han perdido, parece que
colaboraron en ellas Lafinur, Parera y José Zapiola. José Manuel Sánchez
fue el autor de la música y los bailes para otra pieza de análogo
carácter, “El Nuevo Caupolican” o El Bravo Patriota de Caracas (1815),
nuevamente aparece Hidalgo el de los cielitos, firmando el unipersonal
con intermedios de música, titulado “El Triunfo”.
Paralelamente empiezan a manifestarse paginas instrumentales, tímidas
tentativas hacia un grado mayor de abstracción.
Encontramos así en 1816 la Marcha de la Guillotina, una adaptación de la
Marsellesa a los que siguen varios minuetes entre ellos “El Veinte y
cinco de Mallo”, Minué y Polca a Doña Gregoria , Minué de Alzaga, etc.
Casi todos ellos son de autor anónimo, aunque algunos están firmados por
el Maestro Antón Peluca y otros músicos. Son paginas de salon de modesta
factura. Otra pretensión van teniendo en cambio algunas piezas
instrumentales de 1822, como, los dúos para guitarra y clarinete, y
guitarra y violín de Esteban Massini y las primeras composiciones para
piano escritas por Juan Pedro Esnaola.
De 1821 es el melodrama Clarisa y Betsy , original de
Juan Crisóstomo Lafinur, uno de los primeros ensayos de genero teatral compuesto por un
argentino, cuya música ha desaparecido, lo que es de lamentar. El
comentarista musical El Argos, señala que Clarisa y Betsy es una de las
mejores piezas de las que se llaman melodramas, de aquellas que tienen
bastante música y suficiente acción muda para demostrar que no son
comedias, e igualmente diálogos para convencer que no son pantomimas. La
prematura desaparición de Lafinur a los 27 años, victima de una caída de
caballo, impidió seguramente nuevas realizaciones musicales de este
poeta y aficionado ala composición, autor también en este ultimo
terreno, de un Himno Patriótico y una Canción patriótica Chilena.
El español Mariano Pablo Rosquellas, violinista, cantante y empresario
fue el fundador del teatro lírico en la Argentina, siendo el que realizo
las primeras representaciones de Opera en forma completa comenzando por
El Barbero de Sevilla de Rossini en 1825. Compositor igualmente,
escribió en Buenos Aires algunas paginas interesantes para nosotros,
como la opera El Califa de Bagdad (1826), Variaciones para Violín y
Orquesta, la obertura El Pampero (que comenta una tempestad en el Río de
la Plata), La Batalla de Argel, y la curiosa sinfonía de La Batalla de
Ayacucho (1832), inspirada evidentemente en la Batalla de Vittoria de
Beethoven y cuyos diversos movimientos dan cuenta de las evoluciones de
ambos ejércitos y de las alteraciones de la lucha, incorporándose al
final, algunos compases del Himno.
El periodo mas importante desde el punto de vista musical, en Amancio
Alcorta, se extiende entre 1822 y 1830, en que produjo casi las dos
terceras partes de su obra, aunque lamentablemente estas paginas
juveniles se han perdido en su totalidad. Por lo que puede apreciarse de
su labor posterior en este campo, publicada en Paris, se trata de un
compositor estimable, autor de paginas vocales e instrumentales, así
como de música de cámara religiosa que evidencian gratas cualidades
creadoras.
Juan Pedro Esnaola, muy prolífico, comenzó a escribir en forma asidua a
partir de los 14 años, dejando obras en casi todos los géneros
musicales. Entre las correspondientes al periodo que reseñamos figuran
dos Grandes Sinfonías, en realidad oberturas, varias Misas, un Réquiem
para orquesta, una Misa Sinfonía, Cavatina con acompañamiento a gran
orquesta (1826), Salve, marcha fúnebre (1827), y diversas paginas menor. Esnaola continuo desarrollando luego sus posibilidades en las etapas
siguientes.
El Autor de La Bases, Juan Bautista Alberdi, fue también músico sobre
todo en sus mocedades, publicando numerosas paginas entre ellas figuran
valses como La Minerva, La Candorosa, etc. Varios minués incluyendo los
titulados Figaro y Figarillo, el duttino bufo Don Roque y Don Tadeo, y
numerosas canciones como el Extranjero Infeliz, Ella, El Bocado de Dama
y muchas otras. Pero mas interesante es quizá su labor como musicólogo y
critico musical. En el primer aspecto es autor de un tratadito de
estética musical titulado El Espíritu de la Música en la Capacidad de
Todo el Mundo, y un trabajo técnico “Ensayo sobre un método nuevo para
aprender a tocar el piano con la mayor facilidad”, que data como el
anterior de 1832.
Ejerció además Alberdi la critica en LA Gaceta Mercantil, con el
seudónimo de Un Espectador”, y luego en “La Moda” bajo otro seudónimo
“Figarillo”.
Estas son en apretada síntesis las características de la música
argentina durante las primeras décadas de la historia de nuestro país, a
partir de la Revolución de Mayo y la Independencia, así como los
principales autores que se ocuparon de cuestiones musicales. Hubo por
supuesto otros aficionados que accidentalmente compusieron piezas, pero
creemos que lo fundamental de este periodo aparece limitado a las
figuras aquí mencionadas.
Constituyen estos músicos, tal vez bastante modestos pero animados por
un sincero entusiasmo y deseo de dar forma a su necesidad interior de
expresión, el impulso inicial de la escuela musical argentina, que a
través de un siglo y medio de existencia ha ido evolucionando y
perfeccionando sus posibilidades técnicas, acumulando poco apoco una
producción multiforme y correspondiente a diversas tendencias y
orientaciones estéticas que nos dicen de su vitalidad y de la inquietud
espiritual que han animado y animan a sus principales representantes.
Trascripción
Diario La Nación:
Domingo 1 de Abril de 1951
Estudio y Pericia de los Manuscritos Realizados por Isabel Aretz
Una circunstancia feliz ha querido que llegara a mis manos una serie
de manuscritos musicales que nos permiten conocer por primera vez la
música que se ejecutaba en los salones de Buenos Aires, después de la
Independencia Argentina. Como es sabido, nuestros historiadores pudieron
dar noticia sobre el desenvolvimiento musical de la época, gracias a los
sueltos que publicaron los diarios y algunos programas de conciertos
conservados. En cuanto al movimiento mas intimo de los salones fue
revelado por viajeros y escritores de entonces, que observaron las
aficiones de los jóvenes porteños con la música y el baile. Con estos
datos, se pudo reconstruir luego, la trayectoria de las danzas y
canciones fuesen europeas o criollas. Pero faltaba la música
correspondiente que a la par despejara incógnitas musicologícas como la
del cielito, y brindara un panorama de las inquietudes musicales de los
antecesores de nuestros primeros compositores propiamente dichos:
Esnaola, Alberdi y Alcorta.
Este vacío viene a llenar los manuscritos a los que hago referencia cuya
conservación se debió a la tradicional familia de don Manuel Rubial, a
quien llegaron las músicas dentro de un clavicordio de caoba. Vendido el
clavicordio hace muchas décadas, las hijas de don Manuel Rubial
conservaron los manuscritos musicales que hace poco tuvieron la
deferencia de facilitarme para su estudio.
Componen estos manuscritos catorce cuadernillos y pliegos sueltos
cosidos los primeros en forma de álbumes. De entre los primeros mazos,
he separado los que pertenecen evidentemente a los primeros 20 años de
nuestra Independencia y he dejado para mas adelante el estudio de las
piezas menos antiguas. Las músicas estudiadas están conformadas en la
manera especificada en el epígrafe de este documento, todas de variados
tamaños algunas toscamente cosidas en grueso papel de hilo, con
diferentes marcas de agua entre las que se lee con claridad la fecha de
1818 en una serie de hojas, y parece entreverarse la de 1811 en otra.
La Tinta, es en todos los casos compuesta con sulfato de hierro y
totalmente carente de Campeche.
La Caligrafía musical acusa la intervención de distintas manos, con
preponderancia de un escritor de temperamento nervioso, que alguna vez
estampo su firma o seudónimo:
Antón Peluca.
Con esta caligrafía, alterna sobre todo otra, de notas redondas y en el
álbum mayor se ve claramente la mano de un principiante, para el cual se
han escrito lecciones de solfeo y teoría, y fáciles piezas musicales
para piano, alguna de ellas para ejecutar a cuatro manos.
Para conocer mejor el contenido de estos manuscritos –compuestos todos
para piano- vamos a dar una hojeada rápida a sus paginas, comenzando por
el álbum mayor. Como dijimos el mismo se inicia con una serie de
lecciones de teoría en las que cabe observar como por entonces se llama
“medio punto” al semitono “aspiraciones” a los silencios y a las notas
“semibreve, mínima y semiminima”, para seguir con la actual designación
de corchea, semicorchea, fusa y semifusa.
En la escritura se destacan además, típicas abreviaturas
y el empleo de la
“Q”
en lugar de la
“c”
así como el uso erróneo de la
“elle”
en lugar de la
“Y” (griega),
costumbre de uno de los músicos, pues asienta
“mallor” por mayor,
y
“mallo” por mayo,
cuando se refiere a la fecha patria, tal como veremos.
Pero he aquí la música, después de las primeras lecciones de teoría
encontramos una serie de piezas para piano, que de acuerdo con los
viajeros de 1800, corresponden a los bailes en boga en los salones
aristocráticos de Buenos Aires. Son estos bailes el vals, el minué y la
contradanza. En cuanto al vals, ya en 1806
Alejandro Guillespie,
uno de los jefes de las tropas inglesas que se apoderaron de Buenos
Aires, asentó en sus observaciones que durante su estada advirtió que en
las tertulias se bailaban valses ejecutados a piano con acompañamiento
de guitarra. Los otros dos bailes están ya documentados en nuestro país
desde mediados del siglo anterior y se siguieron bailando durante toda
la primera mitad del ochocientos. Así
Brackenridge, secretario de
los comisionados norteamericanos que nos visitaron en 1818, asiduo
concurrente a las tertulias de los Escalada, escribió que allí se
danzaban minués que ejecutaban al piano las señoritas. Y el capitán
Andrews, que paso por Buenos Aires en 1825 anoto minués y también la
contradanza.
En general estas danzas sufrieron lógicas transformaciones con el
correr de los años, tanto en el orden musical como en el correo grafico.
Las que nos ocupan, desde el punto de vista musical son todavía de
factura muy simple, bastante distante de las elegantes composiciones
debidas después a la inspiración de Esnaola. Algunos minués hay
lo mismo que un Adagio y un Rondo Alegre, de tipo ligeramente mozartiano
y otros recuerdan el estilo de Pergolesi.
Según nuestro historiador del teatro Don Mariano G. Bosch, desde 1814
los porteños entran en contacto con las obras de
Mozart y
Pergolesi y algunos músicos de menor cuantía gracias a la orquesta
del viejo Coliseo que lograra formar
Picazarri y poco después
conocen a Cimarosa, Zingarelli, Mehul y Spontini, entre otros
compositores.
Entre los minués encontramos uno que si se mayoriza, puede recordarnos
el “cuando”, hay otro seguido por una “alemanda”, además una polaca
dedicada a Doña Gregorita, dama que ha merecido el homenaje de varias
piezas musicales. Ya a estas alturas del manuscrito, encontramos una
serie de escalas seguidas por acordes, en algunas de las cuales aparecen
los tonos representados por letras, tal como se usa en algunos países
europeos y luego aclarados por otra mano con los nombres castellanos.
A continuación siguen las composiciones musicales, una marcha, una
overtura compuesta de largo-andante y allegro, y varios minués, una
contradanza, valses y una serie compuesta por una primera pieza escrita
en 3 x 4 cuyo nombre no se comprende y al final del tercer compás se lee
“chure”, nombre que en su época corresponde a una especia de gavota.
Pronto encontramos algo interesante un Minué Montonero seguido con su
correspondiente cielito. De acuerdo con Calzadilla, la sociedad porteña
bailaba dos tipos de minués, el minué liso, que servia para romper el
baile y en el tomaban parte las señoras y caballeros de mayor categoría,
acompañado por los dueños de casa, y el minué montonero, que se
diferenciaba precisamente por ese tiempo movido del final, llamado
Cielito.
Las dedicatorias a Doña Gregoria en varias composiciones es
sugestiva, por cuanto su nombre aparece ligado a otra composición suelta
sin nombre de autor pero intitulado Minuette dedicado a Doña Gregoria El
Veinte y Cinco de Mallo. No se si esta dama tendrá alguna relación con
doña
Gregoria Madera de Genela
que según un aviso de la sociedad
de Lancaster, estableció en noviembre de 1823 una escuela normal, donde
los alumnos podían concurrir sin costo alguno tal como anuncia El Argos.
En todo caso, la fecha de ese aviso esta muy cerca de la aparición de
Antón Peluca –su autor- y coincide también con la fecha probable de
nuestros manuscritos.
Llegamos así al finas de la consideración de estos manuscritos, que
pertenecieron quizás a un rivadaviano, y que según vimos presenta un
amplio panorama musical de la época inmediatamente anterior a la de los
grandes músicos de entonces, entre los cuales destaco en los salones
Juan Pedro Esnaola, de quien se conservan interesantes
composiciones.
Minuette el Viente y Cinco de
Mallo
Trascripción Diario La
Nación : 20 de Mayo de 1951
Manuscritos
Musicales de la Época de la Independencia
Composiciones Dedicadas por Isabel ARETZ
Los
hechos acaecidos durante las jornadas de mayo de 1810, y que culminaron
el día 25 al repercutir en forma tan intensa en los destinos del país y
también en el de los patriotas actores o testigos de los mismos, dieron
lugar a múltiples manifestaciones de regocijo. Pero fueron los
escritores y en general los artistas, los que tuvieron mejores medios a
su alcance para transmitir las hondas emociones que los conmovían. Así
y dejando de lado a los simples cronistas de los acontecimientos,
diremos que poetas y comediógrafos dedicaron al 25 de Mayo numerosas
composiciones, en el deseo de ensalzar los hechos mas gloriosos, de la
misma manera que los músicos volcaron su comentario en el pentagrama.
A
nuestros días llegaron noticias de estas obras y también a veces las
obras mismas, pero solo en el caso de nuestro Himno Nacional un poeta y
un músico lograron inmortalizar sus nombres junto con la canción, que
quedo definitivamente incorporada a la vida cívica de los argentinos.
Vamos a recordar ahora en fecha propicia algunas composiciones
anteriores y posteriores a nuestra canción nacional, que no merecieron
la misma popularización. Hace excepción aunque en parte, la primera
Marcha Patriótica, escrita el mismo año de 1810, cuyos versos fueron
debidos al poeta y artesano de la Independencia Esteban De Luca,
y fueron publicados sin firma en La Gaceta de Buenos Aires el 15 de
noviembre junto con una leyenda que decía: “Por un ciudadano de Buenos
Aires, para cantar con la música que otro ciudadano esta arreglando”.
La
canción que comenzaba:
La
América Toda se conmueve al fin, y a sus caros hijos convoca la lid., se popularizo y en nuestros días se
canta aun en las escuelas. El Nombre del autor de la música no llego a
nosotros, atribuyéndose la misma el propio De Luca, lo cual no debe ser
exacto, a juzgar por el anuncio de La Gaceta de 1810.
Muchas otras poesías fueron publicadas con el transcurso de los años en
periódicos, o compilaciones inclusive de lo que son temprana muestra
como la Lira Argentina y la Colección de Poesías Patrióticas. Ya en
nuestro siglo, Estanislao S. Zeballos reunió en un volumen gran
numero de composiciones de la patria, alguna de las cuales en su tiempo,
fueron también musicalizadas. Por nuestra parte, no vamos a ocuparnos
sino de las piezas musicales dedicadas al 25 de Mayo.
Ante
todo es necesario recordar una composición teatral, dedicada a esta
misma fecha, en cuanto fue fuente de inspiración de nuestro Himno
Nacional. Se trata de un melodrama escrito por el cómico Antonio
Morante quien por entonces actuaba en nuestro Coliseo Provincial.
Morante intitulo su obra “El 25 de Mayo” y la ejecuto por primera vez el
24 de Mayo de 1812, en homenaje al segundo aniversario patrio.
Don
Mariano G. Bosch, escribió que el melodrama de Morante era un
“canto de patriotismo, de rebelión contra la tiranía, gesto de viril
empuje que entusiasmo a la concurrencia patriótica que colmaba el
teatro, y más aun, al elemento liberal, a escritores y poetas”
En
esta obra se entonaba un himno, respondiendo a las palabras de algún
personaje principal que decía: “Y ahora cantemos con fervor nuestro
himno patrio y que esta sea desde hoy en adelante la única canción
oficial que se cante en esta Nación”
Como
vemos, el melodrama de Morante contenía música. De ella eran autores
según Bosch el propio Morante, que también era músico y
cantor y el futuro autor de la canción patriótica don
Blas Parera.
No esta de más recordar que por entonces Blas Parera escribía la música
de numerosas tonadillas, genero muy en boga en la época, las que se
ejecutaban durante los intervalos de las obras.
La
composición de Morante, mereció los plácemes de toda la concurrencia y
el Cabildo se expidió sobre la misma pocos días después, premiando al
autor porque profesaba nobles ideas, posee acentuado patriotismo,
manifiesta ardiente empuje y deseos de que el público abrigue idénticos
sentimientos. Pero la dramatización de Morante había servido además para
destacar la necesidad de crear un himno patriótico que se pudiese cantar
en todos los actos oficiales o de índole patriótica. Don Saturnino de
la Roza, siguió este llamado cuando dos días después – según
Bosch- hizo cantar en el tablado de la Plaza Mayor, una canción de
la que era autor, musicalizada por Blas Parera.
Empero esta obra lo mismo que la anterior de Esteban de Luca, no llenaba
las aspiraciones de los patriotas como para declararla Himno Nacional.
Después, son ya conocidos los detalles que rodearon la composición de
nuestro Himno, que sobre versos de
Vicente López y Planes, y
música de
Blas Parera debía aprobar la Asamblea del año trece y
elevar a la categoría de Marcha Nacional.
En
cambio interesa recordar ahora el nombre de otros artistas que en su
medida quisieron reverenciar el día memorable, así el del poeta y músico
Juan C. Lafinur –coautor con Morante de la música de muchos
melodramas – quien escribió años mas tarde un llamado Himno Patriótico
que se canto en el Colegio Nacional de Mendoza “la noche de función
dramática”, celebrando el aniversario de mayo de 1822, según acota
Estanislao S.Zeballos
en su cancionero popular. El coro de esta
composición decía:
“Viva el Ilustre día, Viva la hermosa edad, Que
tras la tiranía, Nos dio la Libertad”
En
Buenos Aires, mas adelante se hizo escuchar otra composición dedicada a
la misma fecha magna que publico la Imprenta Litográfica el 26 de mayo
de 1830 con motivo de la fiesta patria, habiendo sido cantada el día
anterior por el conocido músico don Luis Pablo Rosquellas
en una
reunión de patriotas.
La
nueva canción, como se anuncio en la Gaceta Mercantil, se intitulaba
El Sol de Mayo y llevaba acompañamiento de piano forte, pro ni esta
canción ni la anterior llegaron hasta nosotros con su música, -que yo
sepa al menos-.
Muchas otras composiciones de la época,
debieron perderse junto a ellas, por eso es diríamos casi providencial,
que ya en nuestros días aparezcan dos piezas musicales al día memorable
conservadas entre numerosas composiciones manuscritas que nos llegan
desde la época de la Independencia. Las dos composiciones que motivan
estas líneas son, tal como puede verse un
Valz del 25 de Mayo y un Minuette dedicado a Doña
Gregoria
intitulado también con precaria
ortografía y sobra de descuido. El Viente y cinco de Mallo. La primera
de estas composiciones esta incluida en un álbum de veintiséis paginas
propiedad de la familia Rubial Salaberry, el cual contiene además una
especie de Himno denominado La Pola – que ya fue objeto de un articulo
nuestro – una marcha fúnebre, valses, una gavota y diversos minués así
como una composición titulada Mi Destino y otra canción titulada Maria
Tudor con acompañamiento de piano por Manuela San Martin y otras
varias piezas sin nombre.
El Vals que ofrecemos como puede verse esta medido en 3x8 y responde a
un estilo de composición bastante simple. Consta de tres periodos de
ocho compases cada uno – el segundo prácticamente repetición del primero
- sin modulaciones y con sencillas armonías de tónica y dominante.
El Minué que publicamos, también corresponde a una composición
escrita en una hoja suelta o al menos llego así hasta nosotros, la cual
– tal como comentábamos al reseñar la totalidad de manuscritos hallados
- , fue dedicada a “Doña Gregoria” , probablemente a
Doña
Gregoria Madera de Genela,
directora de la primera escuela lancasteriana
establecida en 1823, (aunque sabemos que existieron muchas damas de ese
nombre en la época en que pudieron ser escritas las músicas que
estudiamos).
Entre las composiciones manuscritas mencionadas figuran otras dos mas
dedicadas a la misma señora, una es un minué intentado por don
Demetrio Machado y Antón Peluca que ya ofrecimos a nuestros
lectores, y otra una Polaca para Doña Gregorita inserta en un viejo
álbum de rico contenido.
El Minué que publicamos hoy, como puede verse, consta de dos periodos de
ocho compases que se repiten (en el segundo periodo se logran los ocho
compases por repetición de los dos marcados con un segno). Obsérvese
además la armonía, algo mas rica en esta composición cuya primera parte
termina en el tono de la dominante, al cual se llega por medio de la
cadencia frigia –con apoyatura en el canto- tan usada en España,
especialmente en Andalucía, lo mismo que en muchos pueblos americanos de
habla castellana.
Estas son algunas muestras de la resonancia artística que tuvo la
Revolución de Mayo en sus primeras décadas, en que poetas, dramaturgos y
músicos, querían volcar en sus composiciones algo del fervor patriótico
que los animaba, y este es el sentido y el valor que debe atribuirse
- por encima de toda valoración estética – a las composiciones
musicales que publicamos.

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